Durante algunos años se instaló la idea de que la movilidad sostenible consistía simplemente en reemplazar los vehículos con motores de combustión por vehículos eléctricos. Sin embargo, la realidad demuestra que la transformación es bastante más compleja. La movilidad del futuro no depende únicamente del tipo de automóvil que conduzcamos, sino de la manera en que organizamos el
transporte de personas y mercancías, la infraestructura energética que lo sostiene y las tecnologías disponibles para cada segmento.
Los datos muestran que la transición ya comenzó. Según el último Monitor de Movilidad Eléctrica de OLACDE 1 , durante 2025 las ventas mundiales de vehículos eléctricos superaron los 20 millones de unidades y representaron una cuarta parte de todos los vehículos nuevos vendidos. Para 2026 se proyecta
que esa participación alcance cerca del 28 %, confirmando que la electrificación dejó de ser una tendencia para convertirse en un fenómeno estructural de la industria automotriz.
América Latina y el Caribe (ALC) también avanza, aunque desde una base mucho menor. Al primer trimestre de 2026 la región ya contaba con más de 837.000 vehículos livianos electrificados en circulación y, de mantenerse el ritmo de ventas, superará el millón antes de finalizar el año. Brasil concentra más de la mitad del parque regional, Uruguay lidera en penetración per cápita y Chile se ha convertido en un referente mundial en buses eléctricos.
Pero sería un error medir el éxito de la movilidad sostenible únicamente por la cantidad de automóviles eléctricos vendidos.
El verdadero desafío está en electrificar aquellos segmentos donde el impacto económico y ambiental es mayor. Cada autobús urbano eléctrico reemplaza decenas de miles de litros de diésel al año y mejora directamente la calidad del aire que respiran millones de personas. Lo mismo ocurre con las flotas de
distribución urbana, los vehículos de servicios públicos o la logística de última milla, donde los recorridos previsibles favorecen la electrificación.
La situación cambia cuando hablamos del transporte pesado. Los camiones de larga distancia enfrentan limitaciones de autonomía, tiempos de recarga y capacidad de carga que todavía dificultan una electrificación masiva. Allí comienzan a ganar espacio otras alternativas como el hidrógeno, los biocombustibles avanzados y, especialmente, los combustibles sintéticos, que podrían aprovechar parte de la infraestructura existente mientras reducen significativamente las emisiones.
Algo similar sucede en la aviación. Pensar en vuelos comerciales de largo alcance impulsados exclusivamente por baterías sigue siendo técnicamente inviable. Por esa razón, la industria concentra buena parte de sus esfuerzos en los combustibles sostenibles para aviación (SAF) y en los combustibles
sintéticos producidos a partir de hidrógeno verde y captura de carbono, tecnologías que permitirían descarbonizar un sector donde existen pocas alternativas reales.
Sin embargo, ninguna de estas soluciones prosperará sin infraestructura.
La movilidad eléctrica depende tanto de los vehículos como de la red que los alimenta. El Monitor de OLACDE muestra que Brasil lidera el número absoluto de estaciones públicas de carga, mientras Chile presenta una de las mayores densidades de infraestructura respecto de su parque vehicular electrificado.
Ambos casos evidencian que el despliegue de cargadores debe acompañar el crecimiento del mercado y no llegar varios años después.
Este desafío adquiere una dimensión especial en ALC. Nuestros países presentan grandes extensiones territoriales, baja densidad poblacional en muchas regiones y corredores logísticos de miles de kilómetros. Construir una red de carga confiable requerirá inversiones importantes, planificación estatal y reglas claras que otorguen previsibilidad al sector privado.
Existe además una oportunidad que muchas veces pasa desapercibida. ALC posee algunas de las matrices eléctricas más limpias del mundo gracias a su elevada participación de energías renovables. Esto significa que cada vehículo eléctrico incorporado evita más emisiones que en otras regiones cuya electricidad aún depende fuertemente del carbón o del gas natural. La ventaja comparativa ya existe; el desafío consiste en convertirla en una ventaja competitiva.
La movilidad sostenible va incorporando nueva tecnología y cada modo de transporte requerirá soluciones diferentes. No habrá una tecnología única para todos los casos.
Quienes entiendan esa diversidad estarán mejor preparados para liderar una de las transformaciones económicas y energéticas más importantes de las próximas décadas.
1 https://www.olade.org/publicaciones/junio-2026monitor-de-la-movilidad-electrica-en-america-
latina-y-el-caribe/

