El cambio tecnológico de las últimas décadas ha permitido que muchos servicios energéticos, como la iluminación, la movilidad, el agua caliente o la refrigeración, se hayan hecho más baratos. Esto, en la medida en que las nuevas tecnologías permiten que su costo de operación por concepto de energía, para un mismo nivel de servicio, se reduzca a menos de la mitad y porque lo que cuestan los equipos o sistemas eficientes, no es significativamente mayor que el de los ineficientes.
De esta manera,mejorar la eficiencia se convierte en una acción que puede llegar a ser muy rentable. Especialmente cuando se tienen tecnologías cuya vida útil es mucho más larga que la de su período simple de recuperación de la inversión inicial. Sin embargo, el asunto no es tan simple, sobre todo cuando estamos hablando, muchas veces, de tecnología que es distinta a la que hemos usado por muchos años y que, aunque consuma más, no nos ha fallado.
En este sentido tenemos una historia muy relevante en México: la del proyecto ILUMEX. Ésta fue una iniciativa pionera en América Latina, en la que estuvo involucrada la CFE y que llevó a darle confianza a los usuarios eléctricos de cambiar sus lámparas incandescentes por “ahorradoras” (fluorescentes compactas) que, además, eran hasta 10 veces más caras. El hecho fue que, con financiamiento y un subsidio que le convenía a la CFE (que ahorraba en otros subsidios y reducía la demanda pico en el sistema), cerca de dos y medio millones de lámparas fueron cambiadas en viviendas en Guadalajara y Monterrey, lo que resultó en que los usuarios le tomaran confianza a la nueva tecnología y que su precio bajase, con lo que se inició el final de las lámparas incandescentes en México.

Una pieza clave en este proyecto fue algo que lo es para cualquier acción de financiamiento: la certidumbre técnica. Ésta se dio al tener estándares técnicos altos para las lámparas compradas para el proyecto, que tuvieron que ser comprobados en laboratorios. Lo anterior permitió tener seguridad de dos aspectos clave: que el rendimiento energético y la vida útil de las lámparas fuesen los que se esperaban.
Hoy día en México tenemos 35 Normas Oficiales Mexicanas (NOM) para equipos y sistemas que hacen que los productos que entran al mercado sean más eficientes y están respaldadas por un robusto sistema de evaluación de la conformidad. Estas NOM han permitido que programas de financiamiento de organismos como el FIDE (Fideicomiso para el Ahorro de Energía Eléctrica) o FIPATERM (Fideicomiso para el Aislamiento Térmico) puedan incluir una gran variedad de equipos en sus programas con plena confianza de que el ahorro servirá para pagar el financiamiento.
Ahora bien, esto no es suficiente cuando lo que se financia son sistemas en los cuales la eficiencia de equipos en lo individual no garantiza el ahorro total y en los que los proyectos son únicos y a la medida, lo que pone la carga de la certidumbre técnica sobre los consultores y/o desarrolladores del proyecto. No obstante, esta certidumbre es generalmente insuficiente para obtener financiamiento para proyectos en empresas pequeñas o medianas. Los bancos terminan pidiendo garantías hipotecarias, sin tomar en cuenta los buenos números que puede prometer el proyecto de mejora de la eficiencia energética, lo que, obviamente, complica las decisiones para los clientes del proyecto.

