Déjenme contarles algo sobre la transición energética, en México es un tema que se ha trabajado en diversos niveles, pero los más básicos de todos ocurrieron en la segunda mitad de la década de los 90. En ese entonces, el país descubrió cosas como los corredores eólicos de Oaxaca y Baja California, el potencial fotovoltaico del territorio, el ahorro de energía y los pininos del hidrógeno como combustible.
Fue el inicio del cambio de las compañías petroleras que intentaron pasar del sector hidrocarburos al sector energía. Hubo, en ese momento, una enorme ola de fusiones y cambios que derivaron en la creación de gigantes energéticos como es el caso de ExxonMobil en 1999 y en ese mismo año lo hicieron Amoco y British Petroleum, que se llamaron desde entonces BP; a ellos les siguieron Texaco y Chevron en el 2001; y en el 2005 hicieron lo mismo Shell y Royal Dutch para crear Shell. Todas estas fusiones tuvieron como meta defender el mercado de hidrocarburos, pero al mismo tiempo se buscaba convertirse en empresas de energía y no solamente petroleras.

Pero hubo cambios importantes. El gas natural se convirtió en una opción para reemplazar al aceite, y en Europa despertó un gigante dormido: Gazprom, de la entonces Unión Soviética, creada en 1989, el mismo año de la caída del muro de Berlín y el inicio del fin del socialismo real. Una vez convertida en Rusia de nuevo y separados los países satélite como Ucrania, Lituania, Letonia y Estonia, se privatiza, pero el Estado se queda como accionista mayoritario.
En México, Pemex se mantenía como el principal aportador de recursos del Estado y su trabajo era sacar petróleo y venderlo. En el sexenio del 2000 al 2006, se explotó y se acabó el quinto yacimiento más grande del mundo: Cantarell, que llegó a producir hasta 1.5 millones de barriles diarios.
Por esas mismas fechas, la CFE tenía planes tímidos. Había un esfuerzo limitado, los recursos no existían y no es hasta que el Estado crea al primer agente regulador del mercado, la CRE (en enero de 1994), cuando se empieza a tener una idea de la transición energética, a pesar de los esfuerzos iniciados en 1989 por la CONAE, la cual es reestructurada 10 años después, en 1999.
En todo este tiempo, la transición energética en México estuvo enfocada en esfuerzos mínimos, diminutos; y los privados no tenían ninguna opción. Se sabía de los potenciales y los costos de la energía renovable y se conocían los programas internacionales, pero la política pública era tener dinero y sacar petróleo barato, por lo que la transición se limitaba a la eficiencia energética.
La apertura energética en el año 2014, con las reformas al sector energético, abrieron las puertas a una discusión y propuestas más ambiciosas. Pero, a partir de 2019 y por seis años, ese proceso se estancó y tocó la otra pata de la transición energética: los materiales para llegar a un buen nivel.
No es sino hasta este año, en febrero y marzo de 2025, cuando se entreabrieron las puertas y hubo esperanza. Al final, la presentación del Plan Nacional de Energía ya habla del tema e involucra a uno de los sectores más olvidados y golpeados por la administración de AMLO: la minería. Y es que, antes de hablar de que se necesita trabajar fuertemente en la transición energética, se tiene uno que preguntar por los materiales ya existentes, y es entonces cuando las cosas toman un cariz interesante.

En el Plan Nacional de Energía ya se habla de que la industria minera debe de participar activamente en la transición hacia energías renovables porque México (y esto es lo mejor de todo) está entre los principales productores en el mundo de los 23 minerales críticos, que son estratégicos para lograr la transición energética.
El verdadero problema es que al menos un 60% del valor de la producción minero-metalúrgica nacional se obtiene a través de la minería a cielo abierto, y aunque el subsuelo es pródigo, se necesita el minado abierto, y ese es un asunto que no le gusta nada al gobierno de Morena. Hay un cabildeo importante para hacerles saber al gobierno que los minerales críticos para las energías renovables y para los materiales para tecnologías de bajas emisiones existen en México, pero hay que buscarlos y explotarlos. Ya hay experiencia en ello porque el país ya es importante a nivel global debido a que tiene capacidad para dar abasto a la demanda cada vez mayor de recursos esenciales para las tecnologías limpias del futuro.
Los aerogeneradores y los vehículos eléctricos, por ejemplo, necesitan cobre, zinc, níquel, cromo, molibdeno, tierras raras y sílice, entre otros.México puede treparse a la transición energética como protagonista global, pero el gobierno tiene atorada la exploración minera, necesaria para nuevos proyectos minero-metalúrgicos. Y, aunque no se quiera ver, el Plan Nacional de Energía va junto a la minería.

