Mitad de camino, poco tiempo: lecciones de la transición energética en 2025

Ene 19, 2026 | Noticias, Tecnología

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2025 confirmó lo que muchos sospechábamos: la transición energética global avanza, pero va a la mitad de la velocidad que el planeta necesita. Según la Agencia Internacional de Energía (IEA), el mundo instaló más de 700 gigavatios de capacidad renovable en 2024, un récord histórico, pero que sigue sin ser suficiente. En la COP30, celebrada este año en Belém do Pará, los países reconocieron que para cumplir el compromiso de triplicar la capacidad renovable al 2030, deberíamos instalar más de 1,100 gigavatios cada año. Ni siquiera rompiendo récords alcanzamos el objetivo que nosotros mismos firmamos. No es un problema de tecnología ni de financiamiento, es un problema de voluntad, de coherencia y, sobre todo, de poder.

Las cifras de generación no mienten. En 2024, las renovables generaron un 32% de la electricidad global. La solar creció un 32%, la eólica un 10% y la hidroeléctrica se mantuvo estable. Pero el carbón sigue siendo la fuente dominante con el 35% de la generación y las emisiones del sector energía volvieron a subir otra vez. El progreso renovable apenas logra frenar el aumento de la demanda, pero no reemplaza de forma contundente a los combustibles fósiles. Como reconoció la IEA, casi dos tercios del aumento en consumo eléctrico en 2024 se cubrió con gas y carbón. Estamos instalando energías limpias, sí, pero sin desmontar las sucias. Es la ilusión de una transición que avanza hacia adelante sin dejar de arrastrar el pasado.

¿Y por qué sube tanto la demanda? Porque el mundo digital y el climático están colisionando. En 2024, la electricidad mundial creció 4.3%, impulsada por más olas de calor extremo y por un boom de centros de datos, inteligencia artificial, automatización industrial y ciudades electrificadas. La IEA estima que los centros de datos consumieron más de 400 teravatios-hora, y podrían duplicarse antes de 2030. La transición no ocurre en el vacío: se da en medio de un mundo que exige cada vez más energía. No sólo necesitamos producir distinto, necesitamos administrar mejor y consumir menos.

Y en ese contexto, hay un problema estructural del que casi nadie quiere hablar: las redes eléctricas. Según datos oficiales, más de 1,700 gigavatios de capacidad renovable están hoy detenidos esperando conexión. Esa cifra supera por mucho todo lo instalado el último año. Es como construir una autopista de paneles solares y no tener ni una calle para conectarla al sistema. La inversión en redes, digitalización y almacenamiento va muy por detrás del crecimiento de la generación. En la COP30, los países firmaron por primera vez un acuerdo explícito para acelerar la modernización de redes eléctricas como condición para cumplir cualquier meta climática. Ya era hora, no hay transición sin cableado, no hay transición si la energía limpia se queda atrapada en el desierto por culpa de permisos, trámites o regulaciones del siglo pasado.

Pero hay algo todavía más hipócrita: los subsidios fósiles.Según el Instituto Internacional para el Desarrollo Sostenible, en 2023 el apoyo financiero global al petróleo, gas y carbón fue de 1.5 billones de dólares. Lo leíste bien. Mientras hablamos de justicia climática y neutralidad de carbono, seguimos pagando con dinero público para mantener baratos los combustibles que nos están matando. En Belém se adoptó una hoja de ruta hacia la eliminación progresiva de estos subsidios, pero no tiene fuerza legal. No hay fechas claras. Todo queda en el terreno de la buena voluntad política, y ya sabemos cuánta voluntad real tienen los gobiernos cuando se trata de molestar a las petroleras o subir el precio de la gasolina.

En América Latina, el retrato es contradictorio. Generamos más del 70% de nuestra electricidad con fuentes renovables, principalmente hidroeléctricas. En países como Paraguay, Uruguay o Costa Rica, la red ya es 90% o más limpia. Pero esa foto es engañosa. Fuera del sector eléctrico, seguimos dependiendo del petróleo. El transporte, la industria pesada, la calefacción: todo sigue siendo fósil. Y, además, nuestra transición es vulnerable, depende de lluvias irregulares, sistemas sin almacenamiento y gobiernos inestables. México es ejemplo de retroceso: en lugar de acelerar, frenó la inversión renovable más de 90% desde 2018. Brasil es potencia renovable y petrolera a la vez. Bolivia, Argentina y Guyana siguen apostando al boom fósil como si el siglo XXI no hubiese comenzado. Decimos querer una transición justa, pero actuamos como si tuviéramos tiempo infinito y licencia para la contradicción.

Y no lo tenemos. Estamos a mitad del tiempo hacia 2030, pero ni cerca de la mitad del camino. El reloj climático no espera. Cada informe internacional lo confirma: instalar más renovables no basta. Necesitamos redes nuevas, marcos regulatorios modernos, ciudades electrificadas, sistemas flexibles y, sobre todo, gobiernos que digan la verdad. Basta de celebrar metas mientras se subsidia lo contrario. Basta de paneles sin permiso, de promesas sin cableado, de discursos que suenan a futuro mientras financian el pasado.

La transición energética no necesita más promesas. Necesita coraje para incomodar. Coraje para legislar lo que nadie quiere tocar. Coraje para decirle a la gente que no hay transición sin cambios reales en el poder, el mercado y el modelo. Porque si no transformamos eso, lo único que estaremos haciendo es administrar el colapso.

 

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