Columna: El Método de Uruguay.
Esta primera entrega exige una explicación clara del motivo por el cual esta columna se titula “El Método Uruguay”. Dejando de lado toda soberbia, estos apuntes pretenden ser una muestra del camino uruguayo en la transición energética y de aquellos valores institucionales que hacen que nuestro país destaque hoy en el escenario internacional.
Durante mucho tiempo, en mis discursos evoqué el concepto de un “Uruguay Sustentable”. Esta idea deriva de nuestra marca país, “Uruguay Natural”, que desde su nacimiento a principios de los años 2000 ha logrado transmitir nuestra esencia de forma inalterable. Sin embargo, cuando hablamos de energía y ambiente, es necesario un paraguas que trascienda lo puramente natural y realce nuestras acciones para preservar esa identidad. Son las políticas, conductas y trayectorias de corte sustentable las que definen nuestro presente, no como una receta mágica, sino como una construcción acumulativa guiada por ese valor superior que nos impone el Uruguay Natural.
Nuestro sistema energético ha alcanzado, en el 2024, un umbral de madurez institucional y técnica que lo sitúa en una posición de privilegio dentro del contexto global y, particularmente, en el marco de América Latina. En este escenario,Uruguay se diferencia de sus pares regionales al haber consolidado con éxito lo que denominamos la “primera transición energética”, consistente en la descarbonización casi absoluta de la matriz de generación eléctrica (99% renovable en 2024). Mientras el resto de la región aún transita la etapa de limpiar su oferta eléctrica, nosotros nos encontramos en una “segunda transición” centrada en la transformación de la demanda final, la electrificación de usos finales, el desarrollo del hidrógeno verde y la consolidación de la eficiencia energética como motor de competitividad.
La primera transición es el resultado de una política de Estado iniciada a finales de los años 90 con la Ley Reguladora del Marco Energético (N.° 16.832) que, entre otras cosas, desmonopolizó la generación eléctrica y creó las figuras de ADME (operador) y la actual URSEA (regulador). Luego, ese camino encontró, en 2010, un Acuerdo Político Multipartidario que facilitó la incorporación masiva de energía eólica, solar fotovoltaica y biomasa, complementando la base hidroeléctrica histórica. Gracias a este esfuerzo acumulado, la potencia instalada creció de apenas 394 megavatios en 1965 a 5.299 megavatios en 2024, multiplicándose por trece en este periodo.
Gráfico 1 – Potencia instalada 1965-2024.
Fuente: Elaboración propia en base a datos del Balance Energético Nacional.
El paradigma hacia 2050 se desplaza ahora hacia la transformación de la demanda final. En el sector industrial, que ya representa el 52% del consumo nacional, el reto es sustituir el uso de combustibles fósiles por calderas eléctricas y bombas de calor, aprovechando los momentos de excedentes renovables. En el transporte, sector donde los derivados de petróleo predominan y los vehículos eléctricos representan aún tan sólo el 1% del parque, la hoja de ruta es agresiva: electrificación total de vehículos livianos y transporte público y el uso del hidrógeno verde como vector fundamental para descarbonizar la carga pesada y la logística forestal.
Finalmente, es vital comprender que, para sostener este crecimiento sustentable, debemos cuidar la base construida. Atender el aumento de la demanda no sólo implica medidas de eficiencia; es imperativo asegurar la potencia firme y un respaldo térmico eficiente que garantice la confiabilidad del sistema ante la variabilidad hídrica y climática. Uruguay no sólo busca ser sustentable, busca soberanía y competitividad para blindar el desarrollo del Uruguay Natural hacia la mitad del siglo XXI.

