La transición energética ya no es un concepto de futuro: está en marcha. Su primera etapa plantea un cambio estructural en uno de los símbolos más visibles de la movilidad moderna: las estaciones de servicio.Lejos de desaparecer de la noche a la mañana, el ocaso de las gasolineras será progresivo, selectivo y marcado por la convergencia de factores tecnológicos, económicos y regulatorios.

La transición está en marcha: no hablamos de un futuro lejano, sino de un presente que redefine el negocio energético.
La caída paulatina de las estaciones
El impacto inicial se verá en las estaciones independientes, sobre todo en zonas urbanas y suburbanas donde los vehículos eléctricos (VE) ganan participación de mercado. La lógica es simple: menos demanda de gasolina equivale a menos ingresos por litro vendido. Con márgenes reducidos y costos fijos elevados, los negocios más vulnerables no resistirán. Incluso las grandes cadenas, con mayor músculo financiero, se verán obligadas a cerrar puntos poco rentables o convertirlos en centros de recarga eléctrica, cafeterías o espacios de conveniencia.
La experiencia internacional es clara. En China, donde las ventas de VE ya superan el 50% del mercado, los grandes operadores energéticos han comenzado a invertir masivamente en infraestructura de recarga, anticipando el abandono paulatino del negocio minorista de combustibles fósiles. Europa y Asia han recorrido un camino similar, expandiendo redes de cargadores rápidos y adaptando estaciones al nuevo perfil de consumidor.
No es el fin de una era, es la oportunidad de reinventarse en el negocio de la movilidad.
Otro acelerador es la normativa urbana. Las zonas de bajas emisiones se multiplican en ciudades europeas, restringiendo el uso de vehículos de combustión en centros históricos y áreas densamente pobladas. Estas medidas generan un doble incentivo: facilitan la adopción del coche eléctrico y vuelven cada vez más incómodo —y costoso— seguir utilizando gasolina. Así, la transición no depende únicamente del entusiasmo de los consumidores y fabricantes, sino también de la presión regulatoria y de la nueva planificación urbana.

El desafío para México
México no es ajeno a esta tendencia, aunque su ritmo sea más lento. El país enfrenta una paradoja: por un lado, la infraestructura eléctrica y de recarga aún es incipiente; por el otro, la presión internacional, las metas de descarbonización y la evolución tecnológica empujarán cambios inevitables.
Las gasolineras no desaparecen, evolucionan: de vender litros a ofrecer soluciones integrales de energía.
El fin de la era de las gasolineras no es un cierre abrupto, sino el inicio de una reinvención. Quienes anticipen esta transformación tendrán la oportunidad de liderar el mercado. Quienes la ignoren, se arriesgan a quedarse fuera del futuro de la energía.

