Hablar de transición energética suele llevarnos de inmediato a una cifra: cuántas toneladas de carbono dejamos de emitir. Es una medida indispensable, pero ya no alcanza. En un mundo de sequías prolongadas, inundaciones severas y olas de calor cada vez más frecuentes, una red eléctrica puede ser baja en emisiones y, aun así, no estar preparada para mantener encendidas las ciudades. La verdadera adaptación energética comienza allí: en asegurar que continúen funcionando los acueductos, la refrigeración de alimentos y medicamentos, las telecomunicaciones, los hospitales y las actividades esenciales de la vida urbana [1] [2].
El clima extremo no golpea una sola parte del sistema: puede tensionarlo completo y al mismo tiempo. Menores caudales comprometen la generación hidroeléctrica; temperaturas más altas reducen la eficiencia de algunas centrales, disminuyen la capacidad de transporte de las redes y disparan el uso de aire acondicionado; mientras tanto, inundaciones, tormentas, incendios o deslizamientos pueden dejar fuera de servicio líneas, subestaciones y rutas de suministro de combustible. Por eso, la Agencia Internacional de Energía insiste en que la seguridad energética ya no puede planificarse ignorando el riesgo climático: invertir hoy en resiliencia es evitar interrupciones, pérdidas económicas y crisis futuras [3].
Para América Latina y el Caribe, el desafío es especialmente importante. La región dispone de recursos energéticos extraordinarios, pero también está altamente expuesta a fenómenos climáticos que pueden alterar su disponibilidad o interrumpir su aprovechamiento. La CEPAL propone entender la resiliencia eléctrica como la capacidad de prepararse, resistir, recuperarse y adaptarse frente a eventos extremos. Esto implica planificar antes del desastre, responder con rapidez cuando ocurre y aprender después de cada episodio [4]. En otras palabras, ya no basta con proyectar el sistema utilizando el clima del pasado: será necesario diseñarlo para condiciones más inciertas y exigentes.
Esa transformación empieza en la infraestructura. Una red resiliente requiere redundancia, automatización y capacidad de aislar fallas; subestaciones protegidas frente a inundaciones; líneas diseñadas para temperaturas y eventos extremos más severos; almacenamiento que respalde la operación y microrredes capaces de mantener servicios críticos cuando el sistema principal enfrenta dificultades. El IPCC identifica precisamente la diversificación tecnológica, los sistemas eléctricos confiables y los estándares de infraestructura adaptados al clima como medidas factibles y efectivas [2]. La ingeniería del futuro no podrá seguir construyendo únicamente para el clima que conocemos, sino para el que ya está llegando.
También debe cambiar la forma de financiar estas decisiones. Una infraestructura resiliente puede exigir una inversión inicial mayor, pero comparar proyectos únicamente por su CAPEX es ignorar el costo real de un apagón, una recuperación lenta o una pérdida prolongada de suministro. La OCDE plantea que la resiliencia debe incorporarse durante todo el ciclo de vida de los activos y que atraer capital privado requiere reglas claras, visión a largo plazo y una distribución adecuada de riesgos [5]. Para el sector energético, esto significa reconocer económicamente la firmeza, la continuidad del servicio y la capacidad de resistir eventos extremos.
Dentro de ese portafolio, la energía nuclear merece una evaluación seria. No como rival de las renovables, sino como su complemento: una fuente firme, baja en carbono y de alta disponibilidad. El Organismo Internacional de Energía Atómica reporta que las pérdidas de generación nuclear atribuibles a eventos meteorológicos representaron, en promedio, apenas el 0.3% de la producción de los reactores en 2022 [1].
La adaptación energética no dependerá de una tecnología milagrosa. Dependerá de sistemas diversificados, infraestructura bien diseñada, inversiones que valoren la confiabilidad y una gobernanza capaz de anticiparse al riesgo. La transición energética del futuro no sólo deberá ser limpia: deberá seguir funcionando cuando más la necesitemos.
Referencias
| [1] | International Atomic Energy Agency, «Nuclear energy in climate resilient power systems (IAEA/PAT/003),» 2023. |
| [2] | Working Group II Contribution to the Sixth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change, «SPM – Summary for Policymakers,» Cambridge University Press, 2023. |
| [3] | International Energy Agency, «Climate resilience for energy security,» 2022. |
| [4] | CEPAL, «Estudio metodológico para la planificación eléctrica resiliente en América Latina y el Caribe,» Comisión Económica para América Latina y el Caribe., 2025. |
| [5] | Organisation for Economic Co-operation and Development [OECD], «Infrastructure for a climate-resilient future. OECD Publishing,» OECD, 2024. |

